
Un viejo indio estaba hablando con su nieto y le decía:
"Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los dos es un lobo enojado, rencoroso y vengador. El otro está lleno de amor y compasión."
El nieto preguntó:
"Abuelo, ¿dime cual de los dos lobos ganará la pelea en tu corazón?"
A lo que el abuelo contestó:
"Aquel que yo alimente."

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte: “Me están haciendo un precioso anillo, con un diamante extraordinario, y quiero guardar dentro de él un mensaje muy breve, un pensamiento que pueda ayudarme en los momentos más difíciles, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre”.
El reto para aquellos sabios era complejo. Resumir en dos o tres palabras algo sobre lo que podrían haber escrito gruesos volúmenes y sesudos tratados. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no encontraban nada. Al final, un anciano sirviente les contó que hacía muchos años un amigo del padre del rey le entregó un pequeño papel y le dijo que no lo leyera hasta que no lo necesitase de verdad, cuando todo lo demás hubiera fracasado. Y ese mismo papel fue entregado al rey.
Aquel momento de necesidad no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió su reino. Estaba huyendo a caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Se introdujo en un bosque y llegó a un lugar donde el camino se acababa. No había salida. La maleza lo cubría todo. Tampoco podía volver porque el enemigo le cerraba el paso. Escuchaba cada vez más cerca el trotar de los caballos perseguidores. Cuando se iba a rendir, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y leyó el misterioso mensaje. Contenía sólo tres palabras: “Esto también pasará”.
Tuvo fuerzas entonces para resistir un poco más. Se escabulló entre los matorrales y fue poco a poco dejando de oír el trote de los caballos. El rey, desde la clandestinidad del bosque, recobró el ánimo, reunió a su ejército y reconquistó el reino. Hubo una gran celebración, con banquete, música y bailes. Se sentía muy orgulloso de su triunfo. El anciano sirviente estaba sentado a su lado, en un lugar preferente, y le dijo: “Ahora también es un buen momento para leer el mensaje”. ¿Qué quieres decir”- preguntó el rey. “Este mensaje no es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero”.
El rey volvió a leerlo, y sintió en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, que su orgullo y su egolatría habían desaparecido. Comprendió que todo pasa, que ningún éxito o fracaso son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza, y hay que aceptarlos como parte de la dualidad de la vida.

0 comments:
Post a Comment